(El siguiente poema me lo envía mi gran amigo Juan José García Rodríguez. Al parecer, según me cuenta, lo escribimos a dos manos una turbia noche de hace más de diez años, bajo la influencia de sendos –y lamentables- estados de intoxicación. El lugar era un pub llamado Porrón, bastante cochambroso, que hacía las veces de nuestra casa cada noche de fin de semana. Como digo, no recuerdo haber escrito el poema, por lo tanto desconozco la autoría de cada uno de los delirios perpetuados, así que, con toda probabilidad, las partes ripiosas serán mías –pido disculpas por lo chirriante de algunas (bastantes)- y los versos destacados,si los hubiere,de Juanjo –Jony-)
“Me cago en esta vida que acabo de empezar. Me cago en este día y me cago en esta paz.” Los lunes caigo en el olvido, olvido de tu abrigo y me escurro en el exprimidor de la memoria olvidada, entumecida y apuntada. Olvido cometer el exceso de recordarte. Empecé a introducir una moneda, la caída es inevitable. Suicidio en cadena de miradas convencionales. Luego aparecí, apunté lo que pensaba y continué, continué en la incesante búsqueda del descanso. Si lo que quieres es que te busque algo empezaremos por balancear la cabeza a ritmo de parpadeo. Escribir por escribir, escribir poemas en bares atiborrados de penes y depresiones oníricas, tan sencillo como el amor que cubre mis piernas. Bombeo inesperado, oleada de cucharas, incremento suculento en el vadeo. Extranjero con mi propio vómito. Embotellé una de tus caricias, desprecié en mi habitación tu cuerpo envasado al vacío. Retratando un labio en la lumbre asfixiada de tu cigarrillo, atrapas la vida en tus pulmones, como bolsas adormecidas. No me apetece ni uno solo de tus apetitos. Calle abajo, por la nocilla de tus muslos. Esto te escribo con el vino que derrocho cuando te bebo, cucharada de tu boca, (eyacula) ción.
Como resultado inevitable de esta necrosis otoñal se han desprendido las hojas parroquiales del árbol del bien y del mal
contemplando desnudo el encuentro a campo abierto de cuerpos y sotanas, de vocaciones en infección de vírgenes mestruadas y el rosario como chinas sumergidas en la piel de charo. Pero no todo está perdido, ya que del árbol del bien y del mal han brotado raíces de antigua contención enarbolando por el ano el contundente entusiasmo del obispo y su invocación.
La mañana de año nuevo es una buena mañana para caminar los aficionados al asesinato selectivo natural. Para penetrar en la desteñida intimidad de las calles y extraer de sus encías piorreicas los restos en descomposición de cenas familiares con el hilo de seda dental de un vello púbico rociado por la patrulla de limpieza a punta de pistola y matanueras. La mañana de año nuevo es una buena mañana para rascarse hasta el pánico la sarna del año que se llevó el camión de la perrera municipal, y uvas para melladas en la plaza mayor de la polla del alcalde empalado por el badajo de campana de un papa noel sentenciado en sucesivas órdenes de alejamiento de maría madre de dios ruega por nosotros esta mañana de año nuevo e infección antigua.