En la oscuridad de mi playa diaria me lanzaste un adiós-boomerang y te tragaste mi sueño sin masticar. La noche ardía en estrellas solitarias y mi vigilia tuvo el sentido de la belleza y el pecado de la fealdad.
En la playa, en la playa.
En la playa me abandonaste a tus ojos moribundos de muñeca en el quinto mes de embarazo. Los galgos corrían en sentido contrario a las pesadillas que engendramos y supiste que el amor tan sólo era una excusa de Freud. En la playa las pupilas ardían en barbacoas entre carne y sexo crudo, las viejas se quejaban de hemorroides, los niños lloraban castillos, las olas escupían exilios.
En playa, en la playa.
En la playa los chicos se emborrachaban de juventud y vomitaban a la noche los restos de un hermoso sueño, quién sabe si mal digerido.
Aullaban, saltaban, se colgaban de las lianas, hacían muecas horribles, pero lo que de verdad producía estremecimiento era la idea de su humanidad, igual que la de uno, la idea del remoto parentesco con aquellos seres salvajes, apasionados y tumultuosos.
Madres de turbia risotada precipitándose por un abismo de muelas inexistentes rodean mi lectura poética-axilar. Niños del tamaño de la obscenidad de Charles corretean alrededor del planeta literatura. La tarde envejece en un parque infantil. Torpe humedezco un dedo en la descompuesta saliva de la charla automática, del ósculo que depositan los abuelos sobre mejillas en fuga, para pasar hoja a otro otoño triturador de hígados, promotor de románticas veladas con recetas de ancianas que tan solo acertaron a depositar su amor en la cocina. Tarde de sombras enjuagando dentaduras en las fuentes públicas ante rostros perplejos que dejan entrever mellas de leche. La tarde, la misma tarde de cada día, envejece en un parque infantil, envejece hasta retorcerse moribunda en un lecho acolchado. Un breve, voluntario duelo, relente y las piernas se tornarán instrumental de sepulturero decidido a exhumar los restos de mi acotada libertad.