
Nuestro amor era un perro que dejábamos
atado a las puertas de los bares.
Un perro que no ladraba, ni lloraba,
ni se tumbaba a esperarnos.
Era un perro que sólo se lamía
las heridas de sus patas
y atravesaba con un hueso nuestro camino
hacia la tarde cuando borrachos
olvidábamos desatarlo y crujía su aullido
en las hojas secas del parque
donde una vez insistí en contemplar
tu meada caliente de cerveza rubia.
Nuestro amor era un perro que dejábamos
atado a las puertas de los bares,
un perro cojo con la extraña cualidad de comer
de su propia mano
sin necesidad de esperar las esquivas garras
de sus amos domesticados.