Es tiempo de recoger en documento word el céfiro en tránsito por entre los eucaliptos abrasadores de nuestras vidas. La quema de las últimas naves de aquel celestial amor underground. Es tiempo de amontonar letras de canciones en un archivo con acceso directo a la playa de esperma que nos concedió el verano. De esnifar con billetes falsos el primer orín de la mañana de esta nueva temporada otoño-invierno. Es tiempo de arrebatarle al cenicero su nombre y utilizar las hojas impares de los libros que jamás releeremos para limpiar el meconio de nuestra lujuria recién nacida. La barra de cualquier bar como enredadera voluble hacia un cielo de resacas. Es tiempo de recuperar la infancia perdida con pistolas de juguete y futuro real emboscando deseos. Tiempo de masturbarse con los dedos del contrabajista, con los primeros falos de luz de la aurora. Alquilando cariños adosados en primera línea de ausencia. Tiempo de apoyar la cabeza en la guillotina de un hombro amado. De practicar sexo seguro sobre lechos de espejos rotos. Tiempo de calibrar nuestras miradas, estetoscopio preciso sobre el pecho de una luna cada día más enferma.
Javier Corcobado, Sala Malevaje-Almería, Febrero 2004
Muchos de esos usos instrumentales Hendrix los había recogido de una larga labor de aprendizaje tocando desde muy joven en bandas acompañantes, mirando a los viejos maestros del blues, observando con atención sus trucos y deduciendo cuáles estaban olvidados pero podían ser útiles para volverlos a poner en circulación. Hendrix, consciente de su capacidad, sabía que tenía que buscar una forma musical más avanzada si no quería quedarse en acompañante de lujo. Empezó a actuar en solitario fuera de su horario de trabajo, practicando ese estilo. En 1966 conoce en el club Cheetah de Nueva York a Linda Keith, novia por aquel entonces de Keith Richards (de nuevo el guitarrista de los Stones), quien le anima a cantar aparte de prestarle una guitarra. En el club Wah! De Nueva York llevan a verlo a Eric Burdon y Chas Chandler (de The Animals) quienes reconocen que no habían visto técnica comparable en Inglaterra y le convencen de que viaje a las islas donde su talento será más apreciado. Jimmy no tenía nada que perder. A pesar de la reivindicación de la música negra que había supuesto el primer rock’n’roll, la música en sus barrios se había convertido en algo muy inmovilista. Cuando Hendrix ya empezaba a acumular fama en Gran Bretaña, todavía era recibido en los barrios de Nueva York como un segunda clase. Les parecía poco bailable, poco soul, una especie de traidor vendido a la electricidad de los blancos. No sucedió lo mismo en Inglaterra, donde debutó en el club Scoth of James y deja boquiabiertas hasta a las mejores figuras. Una semana después de llegar, los Cream de Eric Clapton le invitan a subir al escenario con ellos para hacer una versión de blues acelerado. Jimmy hace una exhibición de lo mejor de sus capacidades y Clapton se queda tan acomplejado que busca una excusa para abandonar momentáneamente el escenario. Pocas semanas después vuelva a aparecer como humilde alumno e incluso copiando el peinado rizado de Jimmy. La suerte de la música progresiva y la psicodelia está echada.
Sabino Méndez, Limusinas y estrellas,medio siglo de rock 1954-2004